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Augusto Leguía

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Augusto Bernardino, Leguía y Salcedo, presidente de la República entre 1908-1912 y 1919-1930. Hijo de Nicanor Leguía y Haro y de Carmen Salcedo Taforó, nació en una casona de la calle Atahualpa N° 431 en la plaza de Armas de Lambayeque el 19 de febrero de 1863, y murió el 6 de febrero de 1932. Sus primeras letras las aprendió en Lambayeque, en las escuelas de Rosario Gallo y Pedro Mantilla. Afectado por una dolencia bronquial, fue enviado a los 13 años de edad a Valparaíso (1876-1878), donde inició estudios mercantiles en el colegio inglés de Goldfinch y Bluhm. Retornó al Perú y la guerra con Chile (1879) lo sorprende en Lima, trabajando en la casa comercial de Enrique S. y Carlos A. Prevost. Se enroló en el batallón N° 2 del ejército de reserva que comandaba el coronel Manuel Lecca (1880), participando en la batalla de Miraflores (15 de enero de 1881) y en la defensa del Reducto N° 1. Luego de la guerra, siguió dedicado al comercio ingresando a la New York Life Insurance Company, llegando a ocupar la gerencia para Ecuador, Bolivia y Perú (1888). Contrajo matrimonio con Julia Swayne y Mariátegui, nieta del procer Francisco Javier Mariátegui, con la que tuvo siete hijos. Cuando la New York Life se retiró del Perú, Leguía se dedicó a los negocios azucareros como representante de la Testamentería Swayne y celebró en Londres un contrato con la casa Lockett para formar la British Sugar Company Limited (1896), entidad propietaria de haciendas de producción industrial de azúcar en los valles de Cañete y Nepeña. A su regreso formó la compañía de seguros Sud América (1900).

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Augusto Leguía

A pesar de no pertenecer a la aristocracia por su nacimiento, su sólido prestigio en la actividad financiera le permite ser admitido en el Partido Civil, jugando un importante papel en la elección de Manuel Candamo a la presidencia. Éste lo nombra ministro de Hacienda en 1903, cargo que mantendría durante el régimen de José Pardo y Barreda (1904-1908) hasta ser proclamado candidato presidencial por el civilismo (1907). Asumió la presidencia de la República para el período 1908-1912, apoyado por los partidos Civil y Constitucional. Sus opositores del Partido Demócrata encabezaron una asonada el 29 de mayo de 1909, apresando a Leguía y exigiéndole su renuncia. No tuvieron éxito y los comprometidos en el levantamiento fueron encerrados en la Penitenciaría mientras se clausuraban los diarios La Prensa, El Imparcial y El Pueblo. Sin embargo Leguía tuvo que afrontar otras dificultades, principalmente en el orden internacional. Ante el problema pendiente con Chile por las provincias cautivas de Tacna y Arica, recrudecieron conflictos fronterizos con Bolivia, Brasil, Ecuador y Colombia. Con Bolivia hubo peligro de guerra pero todo culminó con el tratado Polo-Bustamante (1909); con Brasil se fijaron definitivamente los límites en el tratado Velarde-Río Branco (1909); con Ecuador la situación fue más crítica pues este país se negó a aceptar el arbitraje del rey de España que nos favorecía; hubo incluso movilización de tropas por ambas partes, pero la intervención de Estados Unidos, Brasil y Argentina evitó un conflicto mayor (1910). De otro lado, los colombianos ocuparon la margen derecha del río Caquetá en territorio peruano y se negaron a abandonarla; el ejército, al mando del coronel Óscar R. Benavides, derrotó a los invasores en La Pedrera y ocupó Puerto Córdova (1912).

Con respecto a la política interna el gobierno de Leguía creó la Compañía Administradora del Guano (1909), reformó el sistema aduanero (1910), compró los primeros aviones (1911), dio las primeras leyes sobre accidentes de trabajo y creó el departamento de Madre de Dios con fines de orden diplomático (1912). Poco después de culminar su mandato Leguía rompió con el civilismo, siendo desterrado a Panamá por el régimen de Guillermo Billinghurst (1913), pasó luego a Estados Unidos y finalmente a Inglaterra, donde vivió hasta 1918 dedicado a los negocios. En 1919 retornó al Perú como candidato a la presidencia de la República compitiendo con el civilista Ántero Aspíllaga. Su campaña electoral estuvo apoyada en dos pilares: el Partido Constitucional y la Universidad de San Marcos; esta última institución lo proclamó en un arranque inusual “Maestro de la Juventud”, sin haber tenido título académico alguno. De esta forma, Leguía se presentaba como portaestandarte de los anhelos juveniles por cambiar las estructuras del país. Triunfó en las elecciones, pero alegando que su victoria no iba a ser reconocida por el Partido Civil, organizó un golpe de estado (4 de julio de 1919) y convocó a una Asamblea Nacional, presidida por el sociólogo y jurisconsulto Mariano H. Cornejo (ideólogo del gobierno), que lo proclamó presidente de la República el 12 de octubre de 1919. Se iniciaba así el denominado “Oncenio de Leguía”, calificado también como el régimen de la “Patria Nueva”, que pretendía modernizar el país a través de un cambio de relaciones entre el Estado y la sociedad civil. Para realizar este proyecto la Asamblea Nacional promulgó una nueva Constitución (18 de enero de 1920), cuya nota más resaltante fue la ampliación del período presidencial y legislativo de 4 a 5 años; más adelante, la Asamblea Nacional modificó la Constitución permitiendo la reelección presidencial. En 1924 Leguía es reelegido presidente y una nueva modificación constitucional le permitió una segunda reelección en 1929. El gobierno desplazó a los antiguos partidos políticos, especialmente a los civilistas (reglamentación de la prensa, destierros, intervención en las universidades, reemplazo de las municipalidades elegidas democráticamente por juntas de notables), dando paso a los grupos medios de la sociedad capitalina y provinciana.

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Durante los once años de gobierno leguiísta el país se transformó totalmente. Acontecimientos notables del período fueron la celebración del primer centenario de la independencia (1921 y 1924) que, a pesar de la crisis económica, se realizó con un derroche de boato y lujo. Llegaron numerosas delegaciones extranjeras y se construyeron obras conmemorativas como la plaza y monumento a San Martín. Las colonias de inmigrantes embellecieron Lima con valiosos regalos: los alemanes obsequiaron la torre del reloj en el parque Universitario; los italianos el edificio para el Museo de Arte Italiano; los ingleses el antiguo estadio de madera; los japoneses el monumento a Manco Capac en La Victoria; los chinos una fuente en el parque de la Reserva; los belgas un monumento al Trabajo, los franceses una estatua de la Libertad; los españoles un arco morisco; los estadounidenses una estatua de Washington; los mexicanos la del cura Hidalgo, etc. Se modernizó totalmente la capital con la apertura de las avenidas Progreso (hoy Venezuela), Unión (hoy Argentina) y Leguía (hoy Arequipa), y la inauguración del barrio de Santa Beatriz. Muchas de estas grandes obras públicas se hicieron a costa de fuertes empréstitos con los Estados Unidos que llevaron al Perú a la dependencia económica, con una deuda que llegó a los 150 millones de dólares en 1930, además de crear nuevos impuestos y el incremento de otros como los de los naipes y de los fósforos. Ello permitió la construcción de carreteras mediante la impopular ley de Conscripción Vial y de los ferrocarriles de Chimbote al callejón de Huaylas y de Huancayo a Huancavelica; el inicio del proyecto de irrigación de Olmos; la construcción de los terminales marítimos del Callao y Matarani; la adquisición de cuatro submarinos para nuestra marina de Guerra; la inauguración de la escuela de aviación de Las Palmas; la compra de los primeros aviones de combate e hidroaviones; la creación de la escuela de la Guardia Civil y Policía; la formación de nuevos bancos como el Central de Reserva (para la emisión y control de la moneda), el de Crédito Agrícola (para fomentar la agricultura) y el Central Hipotecario (para otorgar crédito a quienes deseaban construir sus casas); la reforma universitaria; la reconstrucción del palacio de Gobierno luego del incendio de julio de 1921; la inauguración del hotel Bolívar, del Country Club y del Club Nacional; la habilitación de la antigua iglesia de San Carlos, ubicada en el Parque Universitario, como Panteón de los Proceres; la conclusión de varios edificios como los del Banco Anglo Sudamericano, del Banco de Reserva del Perú, del Banco Italiano y del Edificio de Minería, de propiedad del arzobispado, primer rascacielo de Lima; la construcción de las plazas Washington y Sucre, el parque Universitario, el pasaje del Correo, etc.

En el campo de las ideas políticas, si bien el civilismo languidecía, aparecían nuevas agrupaciones que aglutinaron a los sectores medios y populares de tendencias reformistas o revolucionarias; la fundación del Apra en México (1924) por Víctor Raúl Haya de la Torre y del Partido Socialista en Lima (1929) por José Carlos Mariátegui representaron esta tendencia. En el campo cultural el “Oncenio” fue la época en que floreció el indigenismo en todas sus vertientes, especialmente en el campo de la pintura y la literatura; se creó además el Patronato de la Raza Indígena y se estableció el 24 de junio como Día del Indio. De otro lado, la explotación de los yacimientos petrolíferos de la Brea y Pariñas pasó de manos de la London Pacific a las de la International Petroleum Company, mediante el Laudo de París (1924). En el campo internacional habían quedado pendientes de solución problemas limítrofes con Colombia y Chile. Con Colombia se llego al controvertido arreglo de ceder todas las tierras comprendidas entre los ríos Caquetá y Putumayo mas el llamado Trapecio Amazónico, dando a Colombia derecho de navegar por el Amazonas (tratado Salomón-Lozano firmado el 24 de marzo de 1922 y aprobado cinco años después por el Congreso). Con Chile la solución fue más traumática: el plebiscito previsto en el tratado de Ancón para decidir el futuro de las provincias cautivas de Tacna y Arica era irrealizable por la política de chilenización emprendida por el vecino país del sur desde principios de siglo; una misión norteamericana comprobó in situ la falta de garantías. De todos modos el gobierno de Leguía firmó el tratado de paz (15 de mayo de 1929) que representó la renuncia al incumplido plebiscito y la pérdida de Arica.

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Dsicurso de Augusto Leguía

El “Oncenio” fue quizá la época en que la figura del presidente fue adulada hasta límites insospechables: el parlamento le otorgó el título de “Prócer de la República” (1928); el gabinete le regaló un cuadro al óleo: “No hemos encontrado nada digno de ofreceros: sólo vuestra propia efigie”, declaró el ministro Pedro Rada y Gamio; se le hizo miembro de la Real Academia de la Lengua y doctor honoris causa de la facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos; se habló del “Siglo de Leguía”, del “Júpiter Presidente”, del “Nuevo Mesías”, del “Wiracocha”, y se le comparó con Bolívar, Julio César, Alejandro, Napoleón, etc. Pasada la efervescencia, el “Oncenio” se tornó cada vez más impopular: las acusaciones de corrupción, el descontento de los grupos medios y populares, el malestar en el ejército y la crisis económica, agudizada por la Gran Depresión de 1929 por la quiebra de la Bolsa de Valores de Wall Street en Estados Unidos, provocaron el golpe que liderado por Luis M. Sánchez Cerro derrocó desde Arequipa al presidente Leguía, acusándolo de tirano y ladrón (22 de agosto de 1930). El “Manifiesto a la nación” de los alzados, redactado por el jurista José

Luis Bustamante y Rivero, señalaba en su inicio lo siguiente: “El pronunciamiento que acaba de efectuarse en Arequipa no es la obra de un partido ni la hazaña de un grupo, ni la audacia de un caudillo; es la expresión genuina de un anhelo nacional, fervoroso y unánime, largo tiempo reprimido por la tiranía”. Detenido el presidente fue deportado hacia Panamá en el buque “Almirante Grau”, pero los revolucionarios exigieron su prisión y se le trasladó primero a la isla del Frontón y luego a la penitenciaría. La residencia del ex presidente fue asaltada por la muchedumbre y también las de los principales miembros de su gobierno. Víctima de una penosa enfermedad, Leguía falleció en el Hospital Naval en 1932.

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